Un viernes de junio

Es viernes, 1 de junio del 2018. En este momento son las 15:55 de la tarde y estoy aquí, sentada en mi mesa de la oficina, con mis gafas de vista, y en mi puesto de administrativa-recepcionista y comercial (buff, hago tantas tareas que ya no se ni lo que soy).

La tarde está muy tranquila, y pega tanto el sol, que a pesar de que tengo la puerta abierta, los “4 gatos” que pasan por delante ni se paran a mirarme.

Mi encargada se ha ido y trabajará desde fuera de la oficina, por lo que, aunque no lo he dicho, me encuentro sola, y en este momento no puedo evitar sentir cierta envidia sana, ya que siendo viernes y viendo lo “animado” que está esto, bien podría estar haciendo yo también mi trabajo desde casa, pero como en tantos casos no entra entre mis facilidades como trabajador así que me conformaré.

Aunque bueno, en realidad hay algo que anima mi jornada, y es que tengo un colegio en frente, y a pesar de que no van los niños ya por la tarde al colegio, deben de tener organizada una especie de escuela de verano porque oigo a los niños pequeños jugar, reír y chillar divertidos por el patio. También me acompaña el canto de los pájaros que en los árboles se cobijan y, aunque sea menos agradable, también se oye el ruido que emerge de los coches al circular.

La tarde es una mezcla de sonidos. Sonidos que en este caso debo agradecer a la tranquilidad de mi trabajo un viernes de junio por la tarde.

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