El amo Reloj, la felicidad y la tristeza.

Solo basta pararse a pensar un poco para darnos cuenta de que los seres humanos desde hace muchos años vivimos siendo los sumisos del amo Reloj.

El mundo ha avanzado pero cuanto más ha avanzado más se ha limitado nuestra libertad y tranquilidad respecto al tiempo, ya cualquier actividad de nuestra vida va ligada al tiempo y por rebote también a los relojes de cualquier tipo de dispositivo.

Nos pasamos la mitad del tiempo pendientes de mirar un reloj. Los que tenemos la suerte de trabajar estamos pendientes de un horario, los que estudian están pendientes de un horario, los que no trabajan están pendientes del horario de los que trabajan y de los que estudian.

Cuando hacemos una tarea fuera de nuestra rutina diaria o de nuestros horarios establecidos por actividades de “obligatoria” asistencia estamos pendientes del reloj para no llegar tarde a estas actividades.

Ahora os digo que llegado a este punto del escrito voy a hacer una rectificación de cómo he empezado, no todos los seres humanos vivimos siendo los sumisos del amo Reloj.
Irónicamente los que nos llamamos países del primer mundo, los que se supone que tenemos más posibles, somos los que más sumisos vivimos de este amo. Irónicamente los países que llamamos tercer mundo por su situación de pobreza son los que más libres viven en referencia al reloj. En muchos de estos países no viven pendientes de un reloj, sobre todo las tribus indígenas viven su vida sin reloj, con naturalidad, llevando sus actividades a cabo según les surgen.

La conclusión a la que quiero llegar con esto es que a veces ni la persona más rica del mundo es inmensamente feliz ni la persona más pobre del mundo vive inmensamente triste. La persona pobre de bienes materiales aprende a apreciar cada pequeño detalle y la persona rica llega un momento en que de tanto que tiene ya no aprecia lo que tiene y aunque no lo quiera reconocer se siente infeliz porque nunca está saciado.

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Una nana para adultos

Raquel había tenido un día de perros. A un caluroso día 25 de agosto, con la humedad que en mayor o menor medida caracteriza a la capital de la Comunidad Valenciana se le había unido un día pesadísimo en el trabajo. Aparte de tener demasiada faena, justo al final de la jornada su última clienta había sido la típica pesada insolidaria a la que le daba igual que fuera ya la hora de cierre y que a ella se le notara el agotamiento en la cara.

Llegó a casa agotada, ceno lo primero que pilló (sin elaborar demasiado) y vio un poco la televisión tumbada en la cama, pero aún así no se acababa de relajar.

Se había desvelado, así que como en otras ocasiones decidió que lo mejor para ese momento era “una nana para adultos”.

Dicho y hecho, abrió en su móvil su página favorita de videos x y se puso a ver un video de sexo salvaje.

A los pocos minutos de empezar el video noto como su sexo se mojaba y empezó a acariciarse cada vez con más fuerza y rapidez, con tanta energía lo hizo que tardó poco en llegar al orgasmo, no una vez, si no que tres veces seguidas.

Nada más acabar quedó profundamente dormida con el tiempo justo de quitarse los auriculares, apagar la pantalla del móvil, y dejarlo en la mesita.

Eso era lo que necesitaba… Una nana para adultos.

El amante de la canela (Micro relato)

Se habían conocido en aquel café de citas rápidas, en aquella época en la que todavía no existía el whatsapp y estaba en pleno apogeo el messenger.

Como las citas exprés no daban mucho tiempo para hablar, Carlos, según la estrategia que ya había planeado, se dedicó a dar directamente su hotmail a cada chica con la que se sentaba

A todas les había dado su hotmail sin mucha intención de seguir en contacto pero cuando se sentó en la mesa de Estefanía tuvo una intuición especial y para asegurarse de poder seguir en contacto con ella, no solo le dio su hotmail si no que también, educadamente, le pidió el suyo.

Esta idea de Carlos les había venido bien ya que les ayudó a poder hablar todas las noches y también, como era típico de esa época, a verse por la webcam mientras tanto.

Carlos de momento tenía muy claro lo que iba buscando que ocurriera con Estefanía, porque no sabía lo que tenía esa chica, pero le daba mucho morbo y quería disfrutar de una noche de sexo con ella.

Hizo lo imposible por provocarle y hacer que sus más bajos instintos afloraran.

Un dia, cuando ya habían pasado dos semanas de tonteo por Messenger, decidió que ya era hora de citarse con ella y cumplir con su objetivo.

Ella accedió y dos noches después, coincidiendo con el fin de semana, Carlos llevó a Estefanía a un chalet que tenía su familia a las afueras de Madrid, que era de donde ellos eran.

El chalet era de madera, tanto por fuera como por dentro, tanto que podía haber ardido por el fuego que surgió entre ellos cuando después de despojarle de su ropa Carlos embadurno a Estefanía con crema de canela y empezó a lamer sus senos bajando por su vientre y hasta llegar a la hendidura de su sexo, donde se entretuvo un buen rato y despiadadamente provocó convulsiones de placer en Estefanía durante un buen rato sin darle tregua.

Carlos llevaba tanto tiempo conteniendo sus ganas de hacerlo que como si de un Buffet libre se tratara, repitió plato hasta saciarse.

Sabor a orgasmo y canela era su sabor favorito y Estefanía estaba siendo la mejor versión de ese sabor.

Tan contento acabó la velada que cambió sus intenciones hacia ella y desde ese día fue a Estefanía a la única que pedía poder paladear su sabor favorito.

3 chicas y un destino

Corría la década de los 60. Elvis Presley ya había acabado su servicio militar, y tras estar siete años dedicado casi por completo a la industria cinematográfica volvía de nuevo a los escenarios. Reapareció realizando varias presentaciones en directo en un especial de televisión, a las que iban a seguir una amplia serie de conciertos en Las Vegas.

Linda, Mary y Bárbara eran vecinas de Memphis. Eran amigas desde su primer año de colegio, vecinas de la misma calle, sus padres eran amigos entre sí y para más coincidencia aún, las tres eran fans de Elvis.

Para cuando Elvis retomo el contacto con los escenarios acababan de cumplir 22 años y en ese momento Mary y Bárbara ya tenían el permiso de conducir.

Un día, mientras las tres almorzaban en el Breitling café, Bárbara lanzó una pregunta:

– ¿Qué os parece si estrenamos mi coche viajando a Las Vegas para ver a Elvis en directo?

Barbara acababa de adquirir un precioso Cadillac rojo y aunque en un principio a Linda y a Mary les echaban un poco hacia atrás las más de 22 horas de viaje, les parecía interesante la idea de poder ver de cerca a su Ídolo y dijeron que si.

Solo una semana después del almuerzo las tres amigas salían de Memphis dirección a Las Vegas.
Ninguna de las tres tenia novio ni nada parecido en ese momento así que tuvieron que dar pocas explicaciones, ni tan siquiera en casa. De hecho eran chicas avanzadas a su tiempo que iban con la mente abierta a cualquier historia que les pudiera surgir en el viaje.

Las tres eran por aquel entonces tres chicas jóvenes y bien parecidas.

Bárbara era una chica con mucha energía y aventurera. Era de cabellos negros, ojos verdes y poseía una bonita sonrisa que se dejaba ver entre unos carnosos labios color carmín.

Mary destacaba por su simpatía y don para hacer reír, también a parte porque era una pelirroja autentica con sus pecas y su tez rosada. Esta tenía los ojos verdes también.

Linda era la más serena, y según para que, la más tímida. Físicamente era rubia, con ojos azules y la más alta de las tres.

Durante el viaje, y a pesar de que Mary y Bárbara se iban turnando al volante, tenían que hacer una parada para descansar y habían decidido hacerla a medio camino entre Memphis y Las Vegas.

Tuvieron la suerte de poder contratar la última habitación triple que había en un hotel de calidad media.

En ese hotel se alojaban unos marines que estaban de servicio tras unos duros días de maniobras. Eran un francés y dos americanos que se habían hecho muy amigos en el ejército. En un cruce de caminos en el restaurante con las tres chicas, Jean, que era el marine francés no pudo evitar fijarse en Bárbara y los tres decidieron intentar entablar conversación con las chicas, que accedieron complacidas a cenar en la misma mesa que los apuestos marines.

Durante la charla las chicas les indicaron el motivo de su viaje y que solo pasarían esa noche en el hotel.

Al día siguiente las tres amigas retomaron su viaje, llegaron al hotel que habían reservado en Las Vegas y aprovecharon esa noche para acostarse pronto y recuperar fuerzas para la actuación de Elvis Presley, que sería al día siguiente.

Cual fue su sorpresa, al ver que cuando llegó el momento de la actuación los tres marines que habían conocido en el otro hotel estaban ahí. Jean no tardó ni dos minutos en empezar a explicarle a Bárbara que sintió un flechazo desde el primer momento en que se cruzaron y que necesitaba volver a verla. Y a día de hoy, gracias a aquel viaje, Bárbara y Jean están felizmente casados y son dos adorables ancianos que no han perdido nunca el contacto con Mary y con Lidia, ni con sus maridos, dos buenos amigos americanos de Jean.